La belleza de la madurez

Hace pocos días, en una charla entre amigos con las que tanto disfruto, oí una frase que hizo despertar todas mis alarmas de princesa desconfiada.

Explicaba un “contrario” que con el paso de los años veía a su chica mucho mejor, más guapa, con una madurez que la hacía más bella.

Bonito, ¿verdad? Pero como soy una aguafiestas, al instante algo hizo clic dentro de mi cabeza, como cuando la Súper Abuela recibía una llamada de urgencia y todos sus sentidos se activaban en cuestión de segundos (¿os acordáis de esos dibujos o forman parte ya de la Prehistoria?)

Mientras tanto, seguía oyendo de fondo que si bien es cierto que ya no era una niña y la belleza era diferente, bla, bla, bla, bla…llegado un punto yo ya no escuchaba, no conseguía quitarme de la cabeza una gran duda: ¿de veras sentía lo que estaba diciendo?

Parecía sincero y, aunque a aquellas horas y con algún grado que otro dentro de las copas una ya no puede fiarse de nada, decidí darle un voto de confianza, morirme de la envidia, y creer que esas cosas no sólo se leían en los cuentos sino que existían también fuera.

Tan sólo un par de segundos duró ese escenario rosa pastel en mi mente, el tiempo que tardé en volver a la realidad y ver lo que sucedía delante de mis narices: mi chico buscaba la complicidad de algún otro, sin dar crédito a lo que el “traidor” de su amigo decía …”¿la belleza de la madurez? Pero qué dicesss”, parecían decir sus ojos. Teníais que haberlo visto.

Y así, con el recuerdo de esa cara que era todo un poema, terminó mi cuento sobre la belleza de la madurez. De golpe, sin miramientos. Fin.

No merece la pena andarse con tonterías: si ahora les dejásemos solos en una discoteca, sin ataduras y sin cámaras, no les veo buscando en la pista de baile la belleza madura. Más bien les imaginaría avanzando torpes, muuuuy torpes, en busca de tema de conversación con la niñata monísima de carnes tersas, sin un gramo de celulitis, estrías, canas, ojeras, patas de gallo (…tomo aire…), bolsas, mollas, varices, flacidez, ni todas esas maravillosas sorpresas que nos deparan los años a las princesas.

Nos quieren mucho, sí; los años de relación llevan a una complicidad increíble, sí; la experiencia nos hace a todos más interesantes, sí;  pero no pequemos de ingenuas: las minifaldas veinteañeras y tacones impracticables serían el blanco de la diana. Seamos realistas, las camisolas tapachichas y unas cómodas bailarinas no iban a poder con ellas.

Así que, en un segundo, sólo con verle ansioso buscando la mirada cómplice de algún otro amigo que compartiera su pensamiento, me di cuenta de que mi amiga tenía mucha suerte si su príncipe ve así el paso del tiempo, porque desde luego que a mí…no me va a quedar otra que hacerme clienta de la famosa corporación que tanto anuncian.

Seguimos la charla esa noche como si nada, sin resquicios de rencor ni malos rollos, nosotras nos reíamos e ironizábamos con el tema, mientras ellos seguían llenándose las copas. Porque para qué andarnos con tonterías, pongámonos en situación: libertad plena también para nosotras, sin ataduras, sin cámaras y en medio de la discoteca. Cabezas poco pobladas y tripas cerveceras mirando piernas babeando por un lado, y del otro,  jovencillos cuidados, con cuerpos de gimnasio para los que una treinteañera todavía es un reto …¿a qué blanco apuntaríamos?

 

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Ya no tengo edad

Cuando llega un día en el que te dices a ti misma que ya no tienes edad para algo…ese día sabes que, por fin, te has hecho mayor. Y a mí, ese día, me ha llegado esta semana.

No es una excusa para justificar porqué no he aparecido por nuestro rincón, de veras que no, es la verdad. No hay más motivo que tres días (¡tres!) con una cabeza como un tiovivo y un cerebro pastoso como la plastilina, después de un gran fin de semana. Defino “gran”: fiesta entre amigos, muchas risas, copas, cambio de hora incluido, kilómetros de carretera y 4,5 horas de sueño.

Suena a una simple juerga, nada del otro jueves, ¿verdad? ¿Cuándo un cambio de hora nos afectó lo más mínimo? ¿Cuándo el efecto de un sábado duró hasta un martes? Pues eso pensaba yo hace un par de años, pero esta vez es distinto. Se trata del momento en que una se da cuenta de que se ha hecho mayor... ¿os hacéis cargo de lo que estoy diciendo? ¿me estáis leyendo de carrerilla o pensando lo que os cuento? ¡¡¡Que acabo de caer en la cuenta que ya no soy joven!!! Es, sencillamente,horrible :-(

Que alguien me diga que no soy la única, por favor… necesito un momento “estamos contigo” o mejor aún, que alguien me diga que esto es pasajero. Decidme que podré volver a salir dos noches seguidas hasta las 6 de la mañana sin que por ello me cueste articular palabra, sin abrir la boca como un buzón en cuanto no me mira nadie,  o acurrucarme en un sillón con la excusa de no soportar ya los tacones…¿habrá alguna pastilla para curar esto?

Lo cierto es que yo ya había comenzado a tener síntomas del Síndrome No tengo edad. Cuando veo chicas que no cumplen ya los 40 recoger a los niños en la guardería con minifaldas tipo cinturón ancho, o que se dejan el pelo más abajo de las posaderas creyéndose Vaitiare cuando van más bien tipo tonadillera.. en esos momentos las miro y me sale esa gloriosa expresión de mi madre: “no procede“.

Pero lo que me ha pasado esta semana es más grave, la enfermedad comienza a desarrollarse sin piedad. Tres días he estado como un autómata con el motor a medio gas…y ¡solo por cuatro bailes de nada y un poco de Sprite con alguna gotilla de algo que el camarero se empeñó en poner en mi copa!

No. No, no y no. Una princesa nunca se hace mayor, nunca. Así que he decidido que me niego a dejarme llevar por esta corriente. Está claro que no tenemos edad ya para muchas cosas pero voy a intentar verlo de otra forma: pensaré que es cuestión de acostumbrar al cuerpo, como ocurre con el ejercicio. Y por ello, lo que tendré que hacer es repetirlo más a menudo, a ver si consigo superar este brote. Tendré que entrenar con alguna fiesta más, pero eso sí, porque me apetezca, que conste; será solo una terapia

Ahora bien, como no dé resultado y vaya a peor, que no os parezca mal si no aparezco por aquí en unos días.

 

 

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La memoria selectiva, esa gran aliada

Lo que comenzó con una caña hablando de cómo nos acortábamos la falda del uniforme del colegio, acabó en la tercera ronda haciendo una peligrosa incursión por el maravilloso mundo de los “ex”.

Era un viernes por la tarde y, gracias al gran invento de la jornada intensiva, no tenía que volver a la oficina, así que decidí salir de cañas con una buena amiga. Las dos mano a mano en una terracita, hablando de lo divino y de lo humano, y recordando tiempos pasados. ¡Mira que tenemos manía las princesas de ponernos en “modo abuela cebolleta” y hacer repaso del siglo XX!

Comenzamos con un “cómo te va con tu chico, ahora que estamos solas”, y sin darnos cuenta ya estábamos hablando de “aquel chaval tan majo con el que estuve un verano”…esto prometía, si entrábamos ya en la Prehistoria seguro que iba a ser divertido. Pero a medida que hablaba, yo iba detectando diferencias entre su recuerdo y lo que yo había vivido junto a ella…¡la memoria selectiva de mi amiga estaba haciendo de las suyas!

“Fulanito era un niño rubio guapísimo, fue él quien me dio mi primer beso cuando iba a cumplir 17…”  ¿Quéeeee? Pero si me parece que fue ahora en medio de la discoteca a la que entrábamos de extranjis y le conocimos: un gran grano con ojos, jersey de grecas, flequi rubio ceniza grasiento sobre la frente y bailando como el primo del Príncipe de Belair.. Claro que lo mejor vino cuando en una de sus vueltas acrobáticas se acercó a mi amiga y le plantó un beso. Buajjjjj, no me lo podía creer, aunque lo mejor fue ver que ella respondía con otro beso en aquella cara llena de granos adolescentes en plena efervescencia. Un auténtico beso ventosa en medio de la pista de baile que hizo que las demás nos fuéramos de allí escopetadas para no seguir viendo el espectáculo.

Íbamos a cumplir 15, pero si ahora me despisto esta listilla me cuela que no conoció varón hasta los 30, venga ya… Y mientras mi mente retrocedía a aquella pista de baile y escuchaba de fondo el ya mítico “I promise myself“, me colaban el segundo gol por la escuadra. Había llegado a los 20 y me hablaba de su novio actual, el “único con el que había salido en serio nunca” Cóooomooooo??? Pero venga ya, ¿y esto? Es que sólo yo recuerdo los lloros durante 2 meses cuando aquel camarero buenorro le juró amor eterno una noche y al fin de semana siguiente se lo encontró con otra? (Eso sí, una vez conseguido de mi amiga lo que se proponía, ya que me pongo en “modo mala malísima”). Por aquí sí que no pensaba pasar así que le recordé su nombre y le dije que tenía la memoria un poco floja, a lo que me soltó un “¿fulanito? pero hija, si eso no fue más que una historia de niños…”

Lo que prometía una tarde de risas, acabó en un mosqueo entre amigas, aunque eso sí, bastantes años más tarde, hace que me ría un buen rato recordándolo. Y desde la perspectiva actual, veo claro que en aquel momento mi amiga se había aliado con su memoria selectiva, esa gran herramienta de nuestro cerebro que hace que nos quedemos con lo que nos interesa. ¿No la habéis utilizado nunca? ¿De verdad que no?  Desde luego es muy útil a  la hora de formalizar relaciones para sentirte la novia que toda madre querría para su hijo: primero quitas de tu lista a todo rollito inconfesable, después cualquier ex novio feo, vago o macarra, seguido de cualquier historia subida de tono y las que estén relacionadas con la pandilla de tu chico actual.

Con sólo darle a “Suprimir”, se borra todo de la memoria y reúnes la caradura necesaria para susurrar a tu príncipe al oído, que es el único hombre que ha habido en tu vida.

 

 

 

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Un día normal

Que un día sea normal, no quiere decir necesariamente que sea aburrido. De hecho, de unos años a esta parte nunca lo es, hasta el punto de esperar toda la semana a que llegue el domingo precisamente para eso, para no hacer nada y lograr tener un día aburrido. Porqué nunca lo conseguimos bien podría ser el tema de otra charla, porque seguro que no tenéis en vuestra memoria reciente ni un domingo de relax, ¿verdad?

Un día cualquiera entre semana es una carrera de fondo entre desvelos nocturnos para ir a por agua, algún ronquido que otro, sonido del despertador, duchas, ropas, desayunos, preparación de almuerzos, tareas domésticas, reuniones, aguantar malas caras, informes, esfuerzo por mantener la chapa y pintura de la que ya hemos hablado, supermercado, meriendas, juegos, baños, riñas, cenas, cuentos…(ya solo de ennumerarlo creo que necesito que llegue ese domingo utópico). Todo ello a contrarreloj, con la esperanza de conseguir al menos media hora al final del día para charlar con tu chico y mantener la chispa (de la que tanto se habla y tan poco se ve) que en su día hizo que hoy estéis juntos.

En la lucha por soportar dignamente esa cadena de rutinas, que al final es en lo que se convierte la semana, la televisión no es que ayude mucho, que digamos. Pongámonos en situación: cena supersónica mano a mano delante de la pantalla para desconectar del día. De pronto aparece una Carrie, divina pero irreal, que tiene unos “problemones increíbles” pensando en zapatos de lujo y chateando con sus amigas. Miras a tu alrededor con resignación y concluyes que lo de esas chicas no es más que ciencia ficción.

Cambias de canal y salen las vidas de españoles en otros países. Se te empiezan a poner los dientes largos mientras te recuerdan lo bien que estarías en una playita caribeña montando una escuela de “pesca con palo de escoba” o de “buceo con traje de sirenita”. Da igual, la cosa es salir, irte lejos, vivir a un ritmo más tranquilo, con los niños al aire libre y hablando otros idiomas,con horarios llevaderos, haciendo dinero y organizando cenitas entre españoles. ¿No serán montajes? Quieres pensar que no, que ahí fuera existen posibilidades, así que comienzas a pensar en el cuento de la lechera mientras masticas el último bocado de la cena tumbada en el sofá. Te estás empezando a relajar. “Me gustaría irme a…”

Ya estás medio dormida con el cántaro de leche sobre la cabeza en un entorno idílico, y de pronto recuerdas la charla necesaria en toda pareja para no estropear la dichosa chispa…Uffff… la verdad es que ni os habéis dirigido aún la mirada, entre tanto programa con chica pija y españoles entre palmeras…veeeenga, haz el esfuerzo…

Intentas sin mucho éxito que los párpados aguanten abiertos y le das la orden a la boca para que articule las palabras correctas: “¿Queé taaal tuuu dííía, cariiiñoo? El míoooo…zzzzzzzzzzz…..(OFF. Fin de un día normal)

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Todoterreno ¡no, gracias!

Soy un “producto del gran engaño del siglo XX“. Así es como me siento.

Voy a intentar explicarme mejor con mi definición particular de “producto del gran engaño del siglo XX”: dícese de la mujer que tiene que demostrar que es como un todoterreno último modelo, capaz de realizar múltiples funciones, adaptarse a cualquier entorno, carrocería de lujo, mecánica impecable, máximo confort y prestaciones; todo ello con tecnología punta sin opción al fallo.

¿Nunca os han dicho que sois  mujeres “todoterreno”? Seguro que sí, pero si no, ni os preocupéis, de verdad, porque después de años creyéndomelo y tomándomelo como un halago (seré boba…), por fin me he “caído del guindo” y lo veo claro: no es ningún piropo.

Es en el fondo una palmadita en la espalda del que lo dice para seguir teniendo cientos de funciones al precio de uno, ya sea en el trabajo, en casa… Y aunque me moleste, hay que reconocer que es una buena campaña publicitaria porque la mayoría caemos en la trampa y compramos: después de contestar el “no hombre, no es para tanto” de rigor, nos sentimos encantadas y valoradas al ser comparadas con coches de lujo. Pero ¿por qué no puedo ser un utilitario normal, mono pero sencillito, con pocas funciones pero muy buenas? Viviría mucho más tranquila. ¿A quién tengo que pedirle
el cambio?

Y además, ¿qué todoterreno ni qué ocho cuartos? Pero si a veces pienso que a lo que realmente me parezco es a un hombre orquesta, que lo mismo toco el bombo que los platillos o la armónica, con las manos, con los pies o la boca, y además ¡¡cargo con todo ello encima!!

Y ahí es donde creo que está el gran engaño del siglo pasado, en la evolución vertiginosa que se vivió en el rol de la mujer. Se pasó del 0 al 120 en pocas décadas y me pregunto si no seríamos más felices ahora si hubiésemos frenado a tiempo en el 100, en el punto justo para ocupar el sitio que nos corresponde y las posibilidades que merecemos. Sin embargo ahora siento que nos hemos pasado de frenada y estamos queriendo demostrar continuamente nuestras capacidades más las del vecino, todas juntas.

En los días duros, en los que cada vez que tacho una línea de mi lista de tareas aparece una nueva, y en los que creo que la cabeza me va a estallar de abarcar tantas cosas y responsabilidades distintas a la vez… esos días, no puedo dejar de pensar en que las mujeres somos un auténtico chollo. Y como poco puedo hacer para remediarlo, al menos me desahogo y ejerzo mi derecho al pataleo, como hoy… ¿será que es el “Día de la Mujer” y me ha dado que pensar?

Pues eso, que lo tengo claro. La próxima vez que me suelten el cumplido, ya sé qué contestar: todoterreno ¡no, gracias!

 

 

 

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Mejor me callo

Miércoles, 8:10 de la mañana. Hora punta en casa, a 5 minutos de salir hacia el trabajo si no quiero llegar tarde a la reunión de departamento y ver la cara de pocos amigos de mi jefe.

Mi chico se me cruza continuamente en el diminuto baño que tenemos. Organizo mentalmente las últimas tareas pendientes a la vez que me cepillo los dientes a toda prisa: poner lavadora, preparar sandwich, hacer lista de la compra para ir al súper a mediodía y dejar una nota a la señora que viene a limpiar los miércoles para que tienda la ropa.

Todo esto, sin contar con la reconstrucción facial que necesito después de haberme mirado de refilón en el espejo y no haberme ni reconocido. Una buena capa de maquillaje si es que no quiero que el jefe me ponga de nuevo cara de perro pensando que vengo de doblete… Esta es la situación real, pero que no cunda el pánico. Con organización todo se puede hacer, al fin y al cabo, aún me quedan…¡2 minutos!

Decido dejar la reconstrucción facial para el espejo del coche durante los semáforos en rojo. No es que haga milagros y lo de hoy no es para menos, pero es indudable la destreza que he adquirido con la brocha y el retrovisor. Pongo la lavadora sin mirar bien lo que es blanco y lo que no. Dejo una nota ininteligible que pone “ojo lavadora” (no hay tiempo para formalismos, la capacidad de síntesis cada vez se valora más, ¿o no?). Abro la nevera y compruebo que solo queda una rebanada de pan de sandwich, por lo que me queda claro que hoy toca ayuno.

Tengo que coger el bolso, la chaqueta y salir disparada, pero me viene a la cabeza el código de buenas conductas de una princesa. Así que entro de nuevo en el baño a decir adiós a mi chico que sigue sin vestir, medio dormido y en la misma posición que le dejé hace ya 4,5 minutos. Beso supersónico, media vuelta para salir y me dice: “espera, espera, antes de irte, ¿sabes dónde está mi camisa de cuadros morada, que no la he encontrado y quería ponérmela hoy?”

Esto tiene que ser una broma… o vivimos realidades pararelas y no está viendo que voy como una moto, o es que es un caradura integral. ¡Será que no hay más camisas en su armario! Cruce de miradas. Lástima que esa cara llena todavía de legañas no vaya nunca a entender el mensaje que le estoy lanzando.

“Cariño, dime, ¿sabes dónde está?”  Uno, dos tres… ohhhhmmmmm…uno, dos tres…. “Cariiiiiiiiñoooooo, ¿me has oído?”…un, dos, tres, ohhhhmmmm…”Por cierto, hoy no te has pintado no? Date mejor un poco de chapa y pintura porque llevas una cara que da miedo…bueno, entonces dime, ¿sabes dónde está o no?”

Insuperable. Esto no hay novio de amiga que lo iguale. El comentario de la chapa y pintura retumba en mis oídos, mientras oigo como vuelve a la carga con la dichosa camisa… ¿Le digo lo que pienso de que no sepa dónde pone sus cosas? ¿Le digo lo poco que me gusta su careto mañanero? ¿Le explico lo que es tener tacto? ¿Le cuento lo poco que me importa su maldita camisa morada?

Llego tarde. Salgo del baño y cojo el bolso. Lo he decidido: mejor me callo.

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¿Se admite devolución?

Cuando en pleno proceso de enamoramiento nos decidimos a formalizar una relación, la mayoría de las princesas solemos ser algo ingenuas y poco conscientes de estar realizando la compra del producto más importante de nuestras vidas (chicos, perdonad por el símil, sabéis que en el fondo os queremos ;-))

Miramos bien el packaging, las características básicas del producto, los beneficios que reporta y, si además nos lo recomiendan, mejor que mejor. Pero la inocencia nos hace olvidar aspectos importantísimos como la atención al cliente de la marca o el plazo y condiciones de devolución.

Así comenzamos a convivir y estamos satisfechas con la compra un plazo de tiempo variable, hasta el día en que detectamos fallos…¡fallos de serie!Lo que antes era un pequeño defecto que incluso nos inspiraba ternura, ahora nos parece insufrible, y las contestaciones que antaño eran delicadas y estudiadas ahora parecen dirigidas a la vecina del quinto. La ropa sucia por el suelo ya no nos parece un despiste por las prisa, no nos entra la risa floja al oir un ruido extraño y el que antes era un pato monísimo bailando ahora ha pasado a ser un auténtico soso sin sentido del ritmo. Pero entonces, ¿era todo una pose o es que la famosa venda de la que hablan se nos ha caído de repente?

Y es entonces cuando nos entran las prisas por buscar el envoltorio original y el ticket. ¿Estará en periodo de garantía todavía?

Vamos a la empresa creadora del producto, planteamos las quejas en espera de una solución a nuestro problema y entonces… ¡¡¡qué a gusto se queda la suegra con ese “lo siento, ya no se admite devolución”!!!

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La princesa con nombre de uva y olor a mantequilla

Érase una vez un palacio de flores en el que vivían felices la princesa de colores y el príncipe de ojos claros. La vida allí era tranquila y sin sobresaltos hasta que un día llegó la buena nueva: ¡había nacido una pequeña princesa!

Los habitantes del reino se agolpaban a las puertas de palacio cargados de regalos y felicitaciones para los orgullosos papás, que aún no se creían la suerte que habían tenido con una niña tan sana y bonita.

A las pocas horas de venir al mundo, la recién nacida recibió la visita de la poderosa Hada de los Lunares, llegada desde las lejanas tierras del Sur con la misión de otorgarle un nombre y un don a la pequeña princesita.

De su varita mágica salió un haz de luz que iluminó todos los rincones del reino, y una nube de purpurina se posó sobre la cuna en la alcoba real, mientras un agradable olor recorría la estancia. Allí se pudo escuchar al gran Hada de los Lunares anunciar con voz solemne:

” Sed bienvenida a la vida, Princesa con nombre de uva y olor a mantequilla. Habéis sido bendecida con el don de la alegría, y por ello, colmaréis de felicidad a cuantos os rodeen. Seréis una niña risueña que se convertirá en una bella mujer. Viviréis momentos mágicos aunque también otros que no lo serán tanto. Habéis de saber, pequeña, que una princesa no lo tiene siempre fácil, pero no olvidéis nunca quién sois ni el gran don que poseéis. Vuestras risas serán capaces de llenar espacios, tiempos y corazones. Recordad siempre que sois un ser especial y que vuestra alegría vencerá las adversidades y hará el bien a los demás.”

Y así es como comienza el cuento de la Princesa con nombre de uva y olor a mantequilla, que con su nacimiento llenó de ilusión el Reino del palacio de las flores, y de la que se contarían cientos de bonitas historias a lo largo de su larga vida.

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